IV · Leer
El inicio de una nueva era.
La Península de Valorian se hizo sangrienta antes de volverse grande. Cuando una nube galáctica desplegó su radiactividad sobre el mundo, el sol se volvió rojo, el mar se tiñó de sangre y la humanidad tuvo que aprender a adaptarse… o morir. De los que sobrevivieron nacieron los cazadores; de los que mutaron, los Elementales, los elfos y los enanos. Del poder, la codicia. Y de la codicia, las historias.
Esta es una de esas historias: la de dos hermanas que huyen de una ciudad en llamas, la de una daga que guarda más poder del que deja ver, y la de un hombre que abandonó el mundo para protegerlo desde lejos.
Me llamo Harmondez. He pasado años dándole forma a esta península, y por fin ha llegado el momento de compartirla. El mapa que encontrarás en este archivo es la puerta a estas tierras; tu imaginación, el camino.
Gracias por darle una oportunidad a esta historia.
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Al principio, el ser humano convivía en paz con los animales del campo, con las criaturas voladoras y con las bestias del mar. Todos ocupaban su lugar en la naturaleza, y la cadena alimenticia gobernaba el mundo con orden silencioso.
Un día, sin previo aviso, el planeta se vio envuelto por una extraña nube galáctica que desprendía cantidades insanas de radiactividad. Gran parte de los seres vivos murió, dejando el mundo medio vacío. El sol se puso rojo, y el mar se tiñó de sangre durante cientos de años.
Adaptarse o morir.
Esa frase marcó un antes y un después en la pequeña humanidad que logró soportar la radiación. Con el paso de los años, los animales se reprodujeron, adquiriendo una resistencia cada vez mayor… y lo mismo hicieron las personas. Hasta que la humanidad comprendió que ya no quedaban animales: había monstruos. Fue entonces cuando se creó la primera Generación de Cazadores, para contener a las criaturas que asolaban el mundo.
La Península de Valorian es uno de los pocos territorios que sigue resistiendo la oleada incesante de bestias.
Aquella radiación interfería directamente en la genética de los seres vivos, transmitiéndoles energía. Sí: energía. Los animales se hicieron más grandes… y más fuertes. Algunos llegaron a usar la energía acumulada en su cuerpo para defenderse. El caballo, que en tiempos fue criatura mansa y noble, terminó convertido en una de las criaturas más temibles del planeta, casi en la cima de la cadena alimenticia. Quedan pocos, pero los que quedan son capaces de gobernar territorios enteros con su inmenso poder.
Los seres humanos no se quedaron atrás. Había llegado una nueva era, la de los Elementales: los primeros humanos con resistencia total a la radiactividad, capaces de crear energía y transformarla en elementos —agua, fuego, tierra o la propia energía de los cielos— según su estructura genética.
La mutación no solo creó poderes: también torció el ADN de parte de la humanidad hacia rasgos compartidos. A unos les alargó las orejas y les concedió vidas más largas, y así nacieron los elfos. A otros les redujo la estatura a cambio de una fuerza descomunal, y así nacieron los enanos.
Con el paso de las generaciones, ese don se extendió por la mayor parte de la población superviviente: pocos son ya los que nacen sin ningún poder elemental. Pero el don verdadero —el que decide cuándo empieza una guerra y cuándo termina— sigue reservado a muy pocos.
Y todos sabemos que el poder corrompe. La avaricia y el deseo egoísta de algunos han convertido a Valorian en un territorio dividido.
«El poder en manos equivocadas puede cambiar el rumbo de las cosas.»— Adamantoise
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Al leer esto, te adentrarás en un mundo peligroso y lleno de enemigos. ¿En quién confiarás? Eso dependerá de ti, Larry.
Atentamente,
tu querido padre.
El resto de la crónica sigue escribiéndose. Vuelve pronto a este archivo.